Armas Secretas De Von Braun

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“El día de hoy será decisivo en la historia de la técnica; con nuestro cohete hemos alcanzado el espacio libre y, por primera vez, lo hemos utilizado como puente entre dos lugares de la Tierra. Este 3 de octubre de 1942 es el primer día de una nueva era en la técnica de los viajes: la era de los viajes espaciales”

 

 

Wilhelm Schmieding, amigo de juventud de Wernher von Braun, recuerda que un día le preguntó: «¿Me acompañarías? Volaremos juntos a la Luna».

Ése era su objetivo entonces, una auténtica obsesión. Con el paso de los años Von Braun acabaría trabajando con un grupo de aficionados a los cohetes.

El Ejército alemán les había cedido un campo de pruebas a las afueras de Berlín. En la década de 1930 el joven investigador llamó la atención de los nazis, que comenzaron a invertir dinero en sus experimentos.

El 23 de marzo de 1939, meses antes de comenzar la Segunda Guerra Mundial, Adolf Hitler visitó el campo experimental de Von Braun. La demostración empezó con la prueba de un motor en un bunker.

Hitler estaba francamente impresionado. Primero se escuchó un tremendo estruendo y la potencia de los gases de escape dobló los árboles cercanos en todas direcciones. Sin embargo Hitler se mostró escéptico acerca de la fecha de culminación del proyecto. El líder nazi dijo que no estaba interesado en planes que duraran años y preguntó a Von Braun: «¿Cuánto calculan que tardarán en tenerlo?». Braun respondió: «Bueno, de cinco a diez años». «Demasiado tiempo», repuso Hitler. En realidad el investigador se había mostrado demasiado prudente. La culminación del proyecto no se demoró tanto.

Tres años después, el 3 de octubre de 1942, Von Braun y su equipo estaban listos para probar el cohete A-4, que daría lugar al mortífero misil conocido como V-2. En la base del cohete, el equipo había pintado el emblema de la película La mujer en la Luna, de Fritz Lang.

El lanzamiento resultó todo un éxito. Von Braun años después recordaría: «Aquella misma noche celebramos una fiesta, una pequeña celebración, y recuerdo que Dornberger [su jefe militar] pronunció un emocionado discurso (…) en el que dijo “¿Son conscientes de que hoy ha nacido la nave espacial?”».

En 1943, en la sala de proyecciones del cuartel general de Hitler, Von Braun presentó un informe crucial. Incluía la filmación de un lanzamiento exitoso del misil A-4. La película terminaba recordándole al Führer su anterior escepticismo con la frase: «Por fin lo hemos conseguido».

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Al terminar la guerra los Norteamericanos capturaron a Von Braun  y 126 científicos más  de Peenemunde,  fueron transferidos a  Fort  Bliss, Texas, unas amplias instalaciones del Ejército al norte de El Paso, bajo el mando del Mayor James P. Hamill.  Los científicos se  encontraron en una situación un tanto extraña, porque no podían dejar las instalaciones militares a menos que fueran escoltados. Ellos mismos se calificaba

Hitler cambió de idea tras ver aquella película. Se mostró muy jovial y abrazó al inventor del artefacto. «Aquí tenemos algo formidable», exclamó dirigiéndose a todos los presentes y ordenó que el proyecto tuviera la máxima prioridad para conseguir una producción en masa.

El A-4 recibió un nuevo nombre que expresaba las esperanzas de Hitler: se convirtió en el misil Vergeltungswaffe 2 (Arma de Represalia 2), el arma definitiva para ganar la guerra.

Este revolucionario invento superaba con creces las espectativas creadas por su predecesor, la bomba volante o Vergeltungswaffe 1 —un cohete teledirigido de menor potencia—.

Los bombardeos sobre Londres con las «armas maravillosas», que fueron publicitadas hasta la extenuación por el Gobierno de Hitler, comenzaron en septiembre de 1944.

Cayeron unos 4.200 misiles sobre el Reino Unido y otros frentes de guerra en Europa. Se calcula que murieron unos 5.000 británicos en los ataques. Como arma para dar un giro a la guerra resultó inútil, pero como arma de terror reveló un valor incalculable

Y, probablemente, alargó la guerra durante unos meses más. El V-2 necesitaba sólo seis minutos para llegar desde las costas europeas situadas frente a Inglaterra hasta el centro de Londres, a una velocidad cinco veces superior a la del sonido.

Se decía que cuando alguien oía la explosión no debía correr a refugiarse y podía considerarse a salvo, ya que el estallido ocurría antes de que pudiera oírse la llegada del misil.

Por este avance armamentístico Hitler le concedió a Wernher von Braun la más importante condecoración civil en reconocimiento a sus servicios al III Reich. Pero el precio pagado para disponer de esta alta tecnología fue intolerable.

Los misiles fueron construidos en el complejo subterráneo de Mittelwerk, ubicado en las montañas Harz de Alemania.

Al terminar la construcción de los túneles se cubrieron las instalaciones con una gran capa de cemento, bajo la cual quedaron sepultados cientos de cadáveres que aún permanecen allí como recuerdo de la locura y el horror nazi..

Como mano de obra se empleó a prisioneros de los campos de concentración. Sólo para ampliar esas instalaciones 8.000 prisioneros trabajaron en los túneles de Mittelwerk durante 5 meses. Todo se hizo de forma tan improvisada y con tal celeridad que no se construyeron barracones, por lo que los operarios se vieron obligados a trabajar y vivir en los propios túneles.

No pudieron asearse ni cambiar de ropa durante todo ese tiempo. Y lo peor, no se les ofreció comida ni bebida. Todo se reducía a una taza de agua al día. Las incesantes explosiones impregnaban el aire de polvo.

Durante aquellos largos meses ningún prisionero vio la luz del sol. Recibieron un trato brutal por parte de los oficiales de las SS —Schutz Staffel o Brigadas de Protección— que supervisaban el trabajo. Las condiciones eran tan atroces que más de 3.000 prisioneros fallecieron trabajando y otros fueron ejecutados por las SS.

Al terminar la construcción de los túneles se cubrieron las instalaciones con una gran capa de cemento, bajo la cual quedaron sepultados cientos de cadáveres que aún permanecen allí como recuerdo de la locura y el horror nazi.

Wernher von Braun se afilió al Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán en 1937.

Se sabe que Heinrich Himmler, jefe de las SS, se puso en contacto con él para ofrecerle un puesto. Von Bran lo consultó con sus colaboradores: «He recibido una carta de Himmler en la que me ofrece un puesto en las SS. ¿Debo aceptar si o no, que opináis vosotros?  ¿Será bueno o malo para nosotros?», Finalmente von Braun entró también a formar parte de las siniestras SS. De su paso por las mismas sólo queda una foto conocida en la que se le ve con su uniforme negro.

Al finalizar el conflicto, von Braun se entregó a las tropas americanas con la condición de continuar desarrollando sus proyectos, como el V-3, un misil por etapas con el que los alemanes podrían haber bombardeado Estados Unidos de no ser, paradójicamente, por la intervención de la Gestapo, que lo consideró una idea inútil y visionaria.
De estas investigaciones nació en 1950, el impulsor Redstone, que fue empleado para el lanzamiento de los primeros satélites y astronautas americanos. Durante los años 60, ya en la Nasa von Braun, diseñó los grandes lanzadores, el último de los cuales fue el saturno V
Murió en 1977, a los 65 años, tras abandonar la NASA amargado ante los continuos recortes presupuestarios y la cancelación de muchos de sus proyectos, como las misiones a Marte o las estaciones espaciales de forma toroidal,

Seguro que existieron más documentos, pero siguen clasificados o bien fueron destruidos.

de sus sufrimientos. Además, también recibió críticas de muchos estadounidenses, incluso de políticos y amigos, que le reprocharon su anterior afiliación al partido nazi. Esto le preocupó mucho. Además, tenía la impresión de que una vez ganada la carrera espacial y llegado a la Luna, le habían apartado.

Puede que el cáncer que comenzaba a devorarle fuera consecuencia de su desengaño.

En sus últimos momentos, ya en el hospital, mientras luchaba contra su enfermedad se replanteó el pacto que había hecho con el diablo 40 años antes para poder ver cumplidos sus sueños. Varias veces les preguntó a sus amigos y colaboradores: «¿Hicimos lo correcto? ¿Valió la pena el precio?».

Von Braun

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