¿Murió Hitler En El Bunker?

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¿Murió Hitler En El Bunker?

La facultad imaginativa de los periodistas recurrió una vez más a las tergiversaciones de Stalin y reveló que Hitler había pasado sus últimos años, bajo el nombre encubierto y extraordinariamente simplista de Adilupus, en el «palacio presidencial del fascista Franco» y que murió allí víctima de «insuficiencia cardiaca» el primero de noviembre de 1947.

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Con la toma de la cancillería nazi o mejor dicho el búnker donde se ocultaba Hitler por parte de los Rusos ( Más tarde se supo que pertenecían como era de suponer a las unidades del Mariscal Konev, cuyo avance habia detenido  Stalin días antes porque Berlín, debía de caer en manos de Zhukov) empezó al mismo tiempo una comedia de enredo, en ocasiones con rasgos burlescos, que no sólo engañó bastante tiempo al mundo sino que mantuvo vivo ficticiamente a Hitler.

Además de innumerables cadáveres en el resto del jardín, los conquistadores encontraron cerca de la puerta del bunker unos quince cuerpos, casi todos quemados o mutilados.

Prepararon uno que estaba relativamente bien conservado, tal vez con ayuda de un maquillador, para convertirlo en el cadáver de Hitler.

Colocaron el cuerpo de manera decorativa entre los cascotes de las ruinas y el 4 de mayo lo presentaron a la opinión pública mundial como espectacular trofeo.

Pero poco después se retractaron de aquella sensación confeccionada por ellos mismos, hablaron primero de un «doble» del Führer y al final de una «falsificación».

Durante algún tiempo pensaron por lo visto en presentar otro muerto, traído de alguna otra parte, como cuerpo del dictador alemán, pero uno de los expertos consultados cayó a tiempo en la cuenta de que aquel hombre llevaba los calcetines zurcidos, cosa que, como todo el mundo tuvo que admitir, habría hecho concebir forzosamente dudas sobre la identidad del cadáver.

Al poco tiempo propagaron rumores sobre un nuevo hallazgo que, debido a los anteriores fallos, no declararon de forma oficial cadáver de Hitler:

«El muerto yacía», afirmaron, «sobre una manta que todavía despedía humo. El rostro estaba cabonizado, el cráneo perforado por una bala, pero las facciones espantosamente desfiguradas eran sin lugar a dudas las de Hitler».

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El régimen hizo todo lo posible para que, al terminar la propia dominación, el país literalmente dejara de existir. Un caído, sobre las gradas del ala oriental de la cancillería, a principios  de mayo de 1945..  

Uno de los numerosos muertos de la zona de la cancilleria que en. los primeros días de mayo fueron presentados por las autoridades soviéticas como cadáver de Hitler. En realidad, en la tarde del 30 de abril, conforme había sido ordenado , los restos mortales del dictador fueron incinerados y, como se supone con pleno fundamento, destruidos a excepción de pequeños restos.

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Sin embargo, la presentación de más y más copias de Hitler quedó suspendida a finales de mayo cuando Stalin se hizo cargo del asunto.

Con ocasión de la visita al Kremlin de una delegación del gobierno norteamericano, Stalin habló de su sospecha de que Hitler no estuviera muerto sino que hubiera huido y permaneciera oculto en lugar desconocido junto con Bormann y el general Krebs.

Cuando Stalin afirmó en alguna ocasión que Hitler había logrado llegar a Japón en un submarino, o, cuando en otro momento mencionó Argentina y, algún tiempo después, habló de la España de Franco, mitos cada vez más difundidos , aunque estas no fueran versiones completamente indiscutibles.

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El matrimonio Goebbels con los seis hijos que fueron asesinados después por Magda Goebbels en el bunker, y con Harald Quandt, el hijo que ella tuvo en su primer matrimonio. Quandt sobrevivió; en aquel tiempo era prisionero de guerra.

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La tendencia, muy arraigada en la naturaleza del régimen soviético, a creer en conspiraciones, intrigas y oscuras maquinaciones encontró amplia esfera de acción en la historia de la enigmática desaparición de Hitler.

Pronto se disponía de las pruebas correspondientes: que el dictador, aseguraban una vez, había hecho jurar a todos sus seguidores que, de cara al mundo, afirmarían haber estado presentes cuando después de su muerte fue colocado en una pira junto con Eva Braun e incinerado .                              .

La prensa sensacionalista occidental pronto se hizo cargo de un tema tan tentador como lucrativo y hasta los años noventa siempre dio nuevos detalles:

que Hitler, disfrazado de mujer, había sido visto en Berlín algún tiempo después de su presunta muerte; que había proyectado organizar su salida de este mundo como espectacular escena teatral, informaba el Times londinense, y que tenía la intención de subir a un avión cargado de explosivos y hacerlo estallar cuando volara sobre el mar Báltico.

En otra ocasión, la facultad imaginativa de los periodistas recurrió una vez más a las tergiversaciones de Stalin y reveló que Hitler había pasado sus últimos años, bajo el nombre encubierto y extraordinariamente simplista de Adilupus, en el «palacio presidencial del fascista Franco» y que murió allí víctima de «insuficiencia cardiaca» el primero de noviembre de 1947.

La verdad o lo que era comprobable cayó con todo eso en el olvido.

A finales de abril de 1946 apareció en la puerta del jardín del bunker del Führer una comisión del Ejército Rojo para, después de aquellas farsas tan transparentes que habían acabado por desorientar al propio bando, comprobar los hechos incontrovertibles.

Iban acompañados de algunos supervivientes del bunker capturados durante la conquista de la ciudad. Se instalaron cámaras cinematográficas y se reconstruyó con todos los detalles la escena de la incineración de Adolf Hitler y su compañera.

Pero el material, junto con las informaciones recibidas en los interminables interrogatorios de Günsche, Linge, Rattenhuber y otros, desapareció en algún archivo secreto sin haber sido utilizado.

Asimismo, una vez que Stalin hizo valer su autoridad, los pretendidos restos mortales de Hitler, de Eva Braun y de otros habitantes del bunker ya no tenían utilidad.

Por consiguiente habían sido enterrados primero en la sede del departamento de contraespionaje, en la zona de Ber-lín-Buch.

Los cajones en los que estaban metidos fueron trasladados con aquella unidad a Finow, desde allí a Rathenow y finalmente a Magdeburgo.

En marzo de 1970, el Politburó del PCUS, interrogado al respecto, decidió desenterrar los despojos «de modo rigurosamente conspirativo» y «eliminarlos definitivamente mediante incineración».

En el informe final de la «Operación Archivo» se lee:

«En la noche del 4 al 5 de abril de 1970» fueron «incinerados totalmente los despojos, luego triturados junto con trozos de carbón hasta quedar reducidos a ceniza y a continuación arrojados al río».

Queda sin aclarar la cuestión de lo que estaba guardado en los cajones y llegó a Magdeburgo pasando por varias estaciones.

La hipótesis más probable es que el departamento de contraespionaje no haya encontrado jamás, pese a sus continuos esfuerzos, el cadáver de Adolf Hitler ni el de su mujer.

En pro de esta suposición hablan no sólo las declaraciones de los centinelas que estuvieron otra vez en el lugar de la incineración en la noche del 30 de abril y afirmaron haber enterrado las cenizas que quedaban, sino también el cañoneo a que estuvo sometida la cancillería y el terreno del jardín durante más de diez horas después de haber muerto Hitler.

Las granadas de metralla, que removieron varias veces la tierra, así como los disparos con aceite combustible, que al caer explotaban y causaban devastadores incendios, acabaron por eliminar, según toda apreciación ponderada, los últimos restos reconocibles.

Lo que se encontró en los escombros y fue identificado con relativa seguridad fueron, según el dictamen de los odontólogos consultados, algunas partes de la dentadura de Hitler y «el puente de materia plástica de la mandíbula inferior» de Eva Braun.

Se puede ver como otra prueba de que nunca se encontraron los cadáveres el que la comisión investigadora soviética, a diferencia de lo que sucedió con Joseph Goebbels y su mujer, nunca haya presentado al público los restos mortales del matrimonio Hitler.

El técnico  dentista Fritz Echtmann, que estuvo prisionero de los soviets como testigo varios años, declaró posteriormente que los funcionarios rusos encargados de la investigación le presentaron en mayo de 1945 «una caja de puros» en la que con la dentadura de Hitler y el puente de Eva Braun sólo había una Cruz de Hierro de primera clase y la Insignia de Oro del partido que al final llevaba puesta Magda Goebbels. Probablemente, durante los días que duró la búsqueda, fue encontrada entre los escombros que había junto a la puerta del bunker y declarada sin más preámbulos insignia del Führer.

El contenido de la caja guardaba, como se puede concluir con bastante seguridad, todo lo que había quedado de Hitler.

El Final.

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